jueves, 29 de octubre de 2020

Reivindicar el lugar de la escuela en un contexto de pandemia.

 

Un virus, gestado a fines del 2019, mandó a maestros, directivos y alumnos a sus casas, a nuestras casas. Se califica a este acontecimiento como la mayor migración de la historia, una migración de las aulas físicas a las aulas virtuales, al que muchos dicen que adelanta el “fin” de la escuela.

 


Pero, hay que plantearnos ciertos interrogantes.

En este contexto, pareciera necesario volver formular esta pregunta: ¿Qué hace a una escuela, una escuela?

La escuela es el espacio institucional donde personas capacitadas transmiten conocimientos, información, valores a niños, adolescentes y/o adultos, en sus distintos niveles: inicial-primario-secundario-terciario. Es donde se enseña y se aprende, en un proceso donde los saberes van y vienen, adultos comparten sus conocimientos y la parte que aprende también aportan los suyos.
Sin embargo, sabemos que es mucho más que esto.


Partamos que no existe “una” escuela, sino múltiples escuelas. La educación ocurre tanto en las grandes zonas urbanas como en las pequeñas zonas rurales.
Estas instituciones funcionan de acuerdo los entornos sociales y culturales que las atraviesan. La red de escuelas es tan compleja y variada, como compleja y variada es la sociedad que asiste a ellas.
La vida en la escuela siempre está respondiendo al proceso activo, creativo vinculado con el carácter cambiante del orden cultural, entonces frente a esto no resulta sencillo establecer un único modo de hacer escuela. 

¿Qué decir de las necesidades de las poblaciones a las que atiende?

Datos arrojan que alrededor de 85 millones de niños y niñas de la región reciben desayuno o almuerzo en la escuela, es decir, muchas personas que habitan nuestro continente también van a la escuela en busca de algo con lo que alimentarse.
Más que poner en la mira si es responsabilidad de la escuela o no ofrecer alimentos, pondría el enfoque en qué está sucediendo con las personas que no pueden acceder al derecho básico de la alimentación, al estar cerradas las escuelas. 


La escuela es también el lugar de trabajo de los docentes, y podes pensar más allá también de la docencia; también es el lugar de trabajo de directivos, porteros, secretarios. Es el espacio de encuentros entre sujetos que interactúan y aprenden a convivir personas con diversos conocimientos y formas de conocer, experiencias diferentes y trayectorias.
Se enseña a interpretar el mundo, despertar intereses con los distintos saberes que fueron seleccionados para ser trabajado en un diálogo entre generaciones. 
Es decir se producen incontables relaciones únicas. 

Estos vínculos son difíciles de sustituir, más en la manera que nos tocó. Un día estaban comenzando las clases, pero a la semana se anunció el inicio de una cuarentena, que hasta el momento parece no querer terminar.



¿Y las clases?

La clase es el dispositivo que hegemonizó la idea que tenemos de cómo se transmite un saber.

El salón es aquel pequeño lugar donde tiene lugar el aprendizaje guiados por un docente. 
Preparar una clase requiere de tiempo, dedicación; es uno de los actos de mayor investigación que se puede realizar.
Dar clases es crear lazos.



Que el lugar de aprendizaje deje de ser el aula escolar, y su remplazo sea la conexión a través de pantallas, el cual en definitiva no es un encuentro cara a cara, implica transformaciones que van mucho más allá de un cambio en los soportes y las formas en que se pautan los trabajos. 
Además intervienen otros factores, como el de la posibilidades de conexión, el contar con una computadora o elemento tecnológico que te permita acceder a las clases. 
Además intervienen otros factores, como el de la posibilidades de conexión, el contar con una computadora o elemento tecnológico que te permita acceder a las clases. 

¿Por qué el centro no es la tarea, sino el vínculo pedagógico?¿Lo antedicho implica renunciar a la posibilidad de continuar enseñando a través de pantallas?

En absoluto. Pero allí lo importante es procurar que la clase conserve uno de sus rasgos diferenciales: 
Preguntar al otro y generar duda, plantear buenas preguntas, enseñar a pensar contra nuestras certezas y "verdades".  
Ante las pantallas, el desafío es dejar a un lado la obsesión por tareas y calificaciones para orientar el esfuerzo en construir un vínculo en torno a aprendizajes que valen la pena.




Por último, ¿Qué aporta una lectura histórica de la escuela?

La escuela, como la historia, no va a ninguna parte, no tienen una dirección preestablecida. Es el proyecto político-pedagógico que la perfila quien va a definir cuál de esos aspectos se desarrollará con mayor potencia.
La historia de la escuela es la historia de crisis y revanchas, de victorias e impugnaciones. El desarrollo histórico de la escuela ha sido largo y nada hace creer que vaya a desaparecer pronto.
Defender la escuela es defender una de las vigas estructurales del proyecto democrático: la garantía del derecho a la educación.
Hoy son las corporaciones detrás de algunas de las grandes plataformas las que convocan a reemplazar aulas por pantallas, aprovechando el contexto de pandemia, aduciendo que es una realidad que habría venido para quedarse. Detrás de ese interés están en juego cuestiones relacionadas con el manejo de inmensas bases de datos y la introducción de nuevas formas de control del conocimiento y del trabajo.





Agustina Radollovich.
Profesorado de Historia.
Fuente: Libro, Alerta global - Políticas, movimientos sociales y futuros en disputa en tiempos de pandemia // Segunda parte Múltiples crisis y solidaridades en un mundo desigual // Reivindicar el lugar de la escuela en un contexto de pandemia


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